Sábado, 8 de abril, 1962
En nuestras conversaciones, don Juan usaba a menudo la frase "hombre de conocimiento", o se refería a ella, pero nunca explicaba qué quería decir. Inquirí al respecto.
-Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender - dijo – Un hombre que, sin apuro, sin vacilación ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y el conocimiento.
-¿Puede cualquiera ser un hombre de conocimiento?
-No, no cualquiera.
-¿Entonces qué debe hacer un hombre para volverse hombre de conocimiento?
-Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos naturales.
-¿Será un hombre de conocimiento tras derrotar a estos cuatro enemigos?
-Sí. Un hombre puede llamarse hombre de conocimiento sólo si es capaz de vencer a los cuatro.
-Entonces, ¿puede cualquiera que venza a estos enemigos ser un hombre de conocimiento?
-Todo el que los venza se convierte en un hombre de conocimiento.
-¿Pero hay requisitos especiales que un hombre debe cumplir antes de luchar con estos enemigos?
-No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de llegar a ser un hombre de conocimiento; muy pocos llegan a serlo, pero eso es natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino para llegar a ser un hombre de conocimiento son de verdad formidables, de verdad poderosos; y la mayoría, pues, se pierde.
-¿Qué clase de enemigos son, don Juan?
Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que pasaría largo tiempo antes de que el tema tuviera algún sentido para mí. Traté de mantener vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que yo podía volverme hombre de conocimiento. Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero yo insistí en preguntar si había algunas pistas que él pudiera usar para determinar si yo tenía o no oportunidad de convertirme en hombre de conocimiento. Dijo que dependería de mi batalla contra los cuatro enemigos –de si podía yo vencerlos o salía vencido- pero que era imposible predecir el resultado de esa lucha.
Le pregunté si podía usar brujería o adivinación para ver el desenlace de la batalla. Dijo terminantemente que los resultados de la contienda no podían anticiparse por ningún medio, porque volverse hombre de conocimiento era cosa temporal. Cuando le pedí explicar este punto, replicó:
-Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante de conocimiento muy corto, después de vencer a los cuatro enemigos naturales.
-Debe usted decirme, don Juan, qué clase de enemigos son.
No respondió. Insistí, pero él abandonó el tema y se puso a hablar de otra cosa.
Domingo, 15 de abril, 1962
Cuando me disponía a partir, decidí preguntarle una vez más por los enemigos de un hombre de conocimiento. Aduje que no podría regresar en algún tiempo y sería buena idea escribir lo que él dijese y meditar en ello mientras estaba fuera.
Titubeó un rato, pero luego empezó a hablar.
-Cuando un hombre empieza a aprender, nunca sabe lo que va a encontrar. Su propósito es deficiente; su intención es vaga. Espera recompensas que nunca llegarán, pues no sabe nada de los trabajos que cuesta aprender.
“Pero uno aprende así, poquito a poquito al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan de topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno cría. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera. Cada paso del aprendizaje es un atolladero, y el miedo que el hombre experimenta empieza a crecer sin misericordia, sin ceder. Su propósito se convierte en un campo de batalla.
“Y así ha tropezado con el primero de sus enemigos naturales: el miedo! Un enemigo terrible: traicionero y enredado como los cardos. Se queda oculto en cada recodo del camino, acechando. Y si el hombre, aterrado en su presencia, echa a correr, su enemigo habrá puesto fin a su búsqueda”.
-¿Qué le pasa al hombre si corre por miedo?
-Nada le pasa, sólo que jamás aprenderá. Nunca llegará a ser hombre de conocimiento. Llegará a ser un maleante, o un cobarde cualquiera, un hombre inofensivo, asustado; de cualquier modo, será un hombre vencido. Su primer enemigo habrá puesto fin a sus ansias.
-¿Y qué puede hacer para superar el miedo?
-La respuesta es muy sencilla. No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje, y el siguiente, y el siguiente. Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse. Esa es la regla! Y llega un momento en que su primer enemigo se retira. El hombre empieza a sentirse seguro de si. Su propósito se fortalece. Aprender no es ya una tarea aterradora.
“cuando llega ese momento gozoso, el hombre puede decir sin duda que ha vencido a su primer enemigo natural”.
-¿Ocurre de golpe, don Juan, o poco a poco?
-Ocurre poco a poco, y sin embargo el miedo se conquista rápido y de repente.
-¿Pero no volverá el hombre a tener miedo si algo nuevo le pasa?
-No. Una vez que el hombre ha conquistado el miedo, está libre de él por el resto de su vida, porque a cambio del miedo, ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo. Para entonces, un hombre conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede preveer los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El hombre siente que nada está oculto. Y así ha encontrado a segundo enemigo: la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo pero también ciega.
“fuerza al hombre a no dudar nunca de si. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro pero incompleto. Si el hombre se rinde ante esa ilusión de poder, ha sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debía apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.
-¿Qué pasa con un hombre derrotado de esa forma, don Juan? ¿Muere en consecuencia?
-No, no muere. Su segundo enemigo nomás aparado en seco sus intentos de hacerse hombre de conocimiento; en vez de eso, el hombre puede volverse un guerrero impetuoso, o un payaso. Pero la claridad que tan caro ha pagado, no volverá a transformarse en oscuridad y miedo. Será claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.
-Pero ¿qué tiene que hacer para evitar la derrota?
-Debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenderá que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será el verdadero poder.
“Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: el poder!
“El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder.
“Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso”.
-¿Perderá su poder?
-No, nunca perderá su claridad ni su poder.
-Entonces, ¿qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento?
-Un hombre vencido por su poder, muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es solo una carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de si mismo, ni puede decir cómo ni cuando usar su poder.
-¿La derrota a manos de cualquiera de estos enemigo es definitiva?
-Claro que es definitiva. Cuando uno de estos enemigos vence al hombre, no hay nada que se pueda hacer.
-¿Es posible por ejemplo, que el hombre vencido por el poder, vea su error y se corrija?
-No. Una vez que un hombre se rinde, está acabado.
-¿Pero si el poder lo ciega temporalmente y luego él lo rechaza?
-Eso quiere decir que la batalla sigue. Quiere decir que todavía está tratando de volverse hombre de conocimiento. Un hombre está vencido solo cuando ya no hace la lucha y se abandona.
-Pero entonces, don Juan, es posible que un hombre se abandone al miedo durante años, pero finalmente lo conquiste.
-No, eso no es cierto. Si se rinde al miedo nunca lo conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de su miedo, terminará conquistándolo porque nunca se habrá abandonado a él en realidad.
-¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan?
-Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre si mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un unto en el que todo se domina. Entonces sabrá como y cuando usar su poder. Y habrá vencido a su tercer enemigo.
“El hombre estará, para entonces, al fin de su travesía por el camino del conocimiento, y casi sin advertencia tropezará con su ultimo enemigo: la vejez! Este enemigo es el más cruel de todos, el único al que no se puede vencer por completo; el enemigo al que solamente podrá ahuyentar por un instante.
“Ese es el tiempo en que un hombre ya no tiene miedos. Ya no tiene claridad impaciente, un tiempo en que todo su poder está bajo control, pero también el tiempo en el que siente un deseo constante de descansar. Si se rinde por entero a su deseo de acostarse y olvidar, si se arrulla en la fatiga, habrá perdido el último asalto, y su enemigo lo reducirá a una débil criatura vieja. Su deseo de retirarse vencerá toda su claridad, su poder y su conocimiento.
“Pero si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan sólo por esos momentitos en que logra ahuyentar al último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento son suficientes".
Las enseñanzas de don Juan (una forma yaqui de conocimiento)
Carlos Castaneda
martes, 16 de septiembre de 2008
martes, 26 de agosto de 2008
domingo, 24 de agosto de 2008
El nacedor

¿Por qué será que el Che tiene esa peligrosa costumbre de seguir naciendo?
Cuanto más lo insultan, lo manipulan, lo traicionan, más nace.
Él es el más nacedor de todos.
¿No será porque el Che decía lo que pensaba y hacía lo que dicía?
No será que por eso sigue siendo tan extraordinario,
en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran,
y cuando se encuentran, no se saludan, porque no se reconocen.
Eduardo Galeano.
viernes, 22 de agosto de 2008
Tienes que decidir
Tienes que decidir
quién prefieres que te mate:
un comando terrorista
o tu propio gobierno para salvarte
del comando terrorista.
Tienes que decidir
qué prefieres que te mate:
la pobreza, la miseria,
el Tratado de Libre Comercio
o el programa contra el hambre.
Ya se acabó aquel tiempo
en que decidían cómo nos mataba
y sin preguntarnos si quiera por pura cortesía.
Si era nuestro deseo el de fenecer,
como los mosquitos al amanecer,
o morirnos de sed.
Ya nos mataron de tantas maneras,
ya nos cansamos de ir al panteón
ya no sabemos si somos ciiviles,
rehenes, vampiros o simples mortales.
Pero, de tanto morirnos
al menos nos hemos ganado el derecho
de decidir cómo queremos morir.
Tienes que decidir cómo prefieres morir:
de hambre natural,
de asco terminal,
de pago de predial,
ahorcada con tu chal,
debiendo un dineral,
cruzando de ilegal.
Ya se acabó aquel tiempo
en que decidían cómo nos mataba
y sin preguntarnos si quiera por pura cortesía.
Si era nuestro deseo el de fenecer,
como los mosquitos al amanecer,
o morirnos de sed.
Ya nos mataron de tantas maneras,
ya nos cansamos de ir al panteón
ya no sabemos si somos ciiviles,
rehenes, vampiros o simples mortales.
Pero, de tanto morirnos
al menos nos hemos ganado el derecho
de decidir cómo queremos morir.
Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe.
quién prefieres que te mate:
un comando terrorista
o tu propio gobierno para salvarte
del comando terrorista.
Tienes que decidir
qué prefieres que te mate:
la pobreza, la miseria,
el Tratado de Libre Comercio
o el programa contra el hambre.
Ya se acabó aquel tiempo
en que decidían cómo nos mataba
y sin preguntarnos si quiera por pura cortesía.
Si era nuestro deseo el de fenecer,
como los mosquitos al amanecer,
o morirnos de sed.
Ya nos mataron de tantas maneras,
ya nos cansamos de ir al panteón
ya no sabemos si somos ciiviles,
rehenes, vampiros o simples mortales.
Pero, de tanto morirnos
al menos nos hemos ganado el derecho
de decidir cómo queremos morir.
Tienes que decidir cómo prefieres morir:
de hambre natural,
de asco terminal,
de pago de predial,
ahorcada con tu chal,
debiendo un dineral,
cruzando de ilegal.
Ya se acabó aquel tiempo
en que decidían cómo nos mataba
y sin preguntarnos si quiera por pura cortesía.
Si era nuestro deseo el de fenecer,
como los mosquitos al amanecer,
o morirnos de sed.
Ya nos mataron de tantas maneras,
ya nos cansamos de ir al panteón
ya no sabemos si somos ciiviles,
rehenes, vampiros o simples mortales.
Pero, de tanto morirnos
al menos nos hemos ganado el derecho
de decidir cómo queremos morir.
Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe.
miércoles, 20 de agosto de 2008
XIII

- ¿Qué es el alma, mamá?
- Es tu palabra.
- ¿Y no se mancha?
- Las lágrimas no manchan.
Son calientes, hermosas, necesarias.
- Yo te hablo del alma.
!No te estoy preguntando por las lágrimas!
- Pero es que el alma es todo:
allí nacen las ganas,
las risas, las sonrisas,
el desaliento, la esperanza.
- ¿Y se puede tocar?
- A cada instante.
Es como un beso de pestañas.
Lo mismo que una mano sobre otra.
- Bueno, te aviso por las dudas,
que en la calle me esperan unos chicos
para romperme el alma...
María Isabel Constela
domingo, 17 de agosto de 2008
...
y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y porqué
tengo miedo
Alejandra Pizarnik
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y porqué
tengo miedo
Alejandra Pizarnik
viernes, 15 de agosto de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
Mescalito ya viene a buscarte

Lunes, 7 de agosto, 1961
Llegué a la casa de Don Juan en Arizona la noche del viernes, a eso de las siete. Otros cinco indios estaban sentados con él en el zaguán de su casa. Lo saludé y tomé asiento esperando que alguien dijera algo. Tras un silencio formal, uno de los hombres se levantó, vino a mí y dijo: "Buenas noches". Me levanté y respondí: "Buenas noches". Entonces todos los otros se pusieron de pie y se acercaron y todos murmuramos "buenas noche" y nos dimos la mano, tocando apenas las puntas de los dedos del otro o bien sosteniendo la mano un instante y luego dejándola caer con brusquedad.
Todos nos sentamos de nuevo. Parecían algo tímidos: sin saber qué decir, aunque todos hablaban español.
Como a las siete y media, todos se levantaron de repente y fueron hacia la parte trasera de la casa. Nadie había pronunciado palabra en largo rato. Don Juan me hizo seña de seguirlos y todos subimos a una camioneta de carga estacionada allí. Yo iba en la parte trasera, con Don Juan y dos hombres más jóvenes. No había cojines ni bancas y el piso de metal resultó dolorosamente duro, sobre todo cuando dejamos la carretera y nos metimos por un camino de tierra. Don Juan susurró que íbamos a la casa de un amigo suyo, quien tenía siete mescalitos para mí.
-¿Usted no tiene don Juan?- le pregunté.
-Sí, pero no te los puedo ofrecer. Verás: otra gente tiene que hacerlo.
-¿Puede decirme por qué?
-A lo mejor "él" no te ve con agrado o no le caes bien, entonces nunca podrás conocerlo con afecto, como debe ser, y nuestra amistad quedará rota.
-¿Por qué no iba a caerle bien? Nunca le he hecho nada.
-No tienes que hacer nada para caer bien o mal. O te acepta o te tira de lado.
-Pero si no me acepta, ¿hay algo que puedo yo hacer para caerle bien?
Los otros dos hombres parecieron haber oído mi pregunta y rieron.
-No! No se me ocurre nada que pueda uno hacer- dijo Don Juan.
Volvió la cara a un lado y ya no pude hablarle.
Debimos haber viajado al menos una hora antes de detenernos frente a una casa pequeña. Estaba bastante oscuro, y una vez que el conductor hubo apagado los faros, yo apenas discernía el contorno vago del edificio.
Una mujer joven, mejicana a juzgar por la inflexión de su voz, le gritaba a un perro para hacerlo cesar sus ladridos. Bajam0os de la camioneta y entramos a la casa. Los hombres murmuraban "buenas noche" al pasar junto a la mujer. Ella respondía y continuaba gritándole al perro.
La habitación era amplia y contenía pilas de objetos diversos. La luz opaca de un foco eléctrico muy pequeño hacía la escena bastante lóbrega. Reclinadas contra la pared había varias sillas con patas rotas y asientos hundidos. Tres de los hombres se instalaron en un sofá, el mueble más grande del aposento. Era muy viejo y se había vencido hasta el piso; a la luz indistinta, parecía rojo y sucio. Los demás ocupamos sillas. Estuvimos largo rato sentados en silencio.
De pronto, uno de los hombres se levantó y fue a otro cuarto. Tendría cincuenta y tantos años; era moreno, alto, fornido. Regresó al momento con un frasco de café, quitó la tapa y me lo dio; dentro había siete cosas de aspecto raro. Variaban en tamaño y consistencia. Algunas eran casi redondas, otras alargadas. Se sentían al tacto como la pulpa de la castaña o la superficie del corcho. Su color pardusco se asemejaba a cáscaras de nuez duras y secas. Las manipulé, frotándolas un buen rato.
-Esto se masca- dijo Don Juan en un susurro.
Sólo cuando habló me di cuenta de que se había sentado junto a mí. Miré a los otros hombres, pero ninguno me miraba; estaban hablando entre sí en voz muy baja. Fue un momento de indecisión y temor agudos. Me sentí casi incapaz de dominarme.
-Tengo que ir al retrete- le dije - voy afuera a dar una vuelta.
Don Juan me entregó el frasco de café y yo puse dentro los botones de peyote. Iba a salir de la habitación cuando el hombre que me había dado el frasco se levantó, se me acercó y me dijo que tenía un excusado en el otro cuarto.
El excusado estaba casi contra la puerta. Junto a esta, casi tocándolo, había una cama grande que llenaba más de la mitad del aposento. La mujer estaba durmiendo allí. Permanecí un rato inmóvil junto a la puerta; luego regresé a la habitación donde estaban los otros hombres.
El dueño de la casa me habló en inglés:
-Don Juan dice que usted es de Sudamérica, ¿hay mescal allí?
Le dije que nunca había oído siquiera hablar de él.
Parecían interesados en Sudamérica y hablamos de los indios durante un rato. Luego uno de los hombres me preguntó por qué quería comer peyote. Le dije que quería saber como era. Todos rieron con timidez.
Don Juan me urgió suavemente:
-Masca, masca.
Mis manos se hallaban húmedas y mi estómago se contraía. El frasco con los botones de peyote estaba en el piso junto a la silla. Me agaché, tomé al azar un botón y lo puse en mi boca. Tenía un sabor rancio. Lo partí en dos con los dientes y empecé a mascar uno de los trozos. Sentí un amargor fuerte, acerbo; en un momento toda mi boca quedó adormecida. El amargor crecía conforme yo mascaba, provocando un increíble fluir de saliva. Sentía las encías y el interior de la boca como si hubiera comido carne o pescado salados y secos, que parecen forzar a masticar más. Tras un rato masqué el otro pedazo; mi boca estaba tan entumecida que ya no pude sentir el amargor. El botón de peyote era un haz de hebras, como la parte fibrosa de una naranja o como caña de azúcar, y yo no sabía si tragarlo o escupirlo. En ese momento, el dueño de la casa se puso en pié e invito a todos a salir al zaguán.
Salimos y nos sentamos en la oscuridad. Afuera se estaba bastante cómodo, y el anfitrión sacó una botella de tequila.
Los hombres se hallabas sentados en fila con la espalda contra la pared. Yo ocupaba el extremo derecho de la fila. Don Juan, instalado junto a mí, puso entre mis piernas el frasco con los botones de peyote. Luego me pasó la botella, que circulaba a lo largo de la línea y me dijo que tomara algo de tequila para sacarme el sabor amargo.
Escupí las hebras del primer botón y tomé un sorbo. Me dijo que no lo tragara, que sólo me enjuagara la boca para detener la saliva. No sirvió de gran cosa para la saliva, peo si ayudó a disipar un poco el sabor amargo.
Don Juan me dió un trozo de albaricoque seco, o quizá era un higo seco -no podía verlo en la oscuridad, ni percibir el sabor- y me dijo que lo mascara detenida y lentamente, sin prisas. Tuve dificultad para tragarlo; parecía que no quisiera bajar.
Tras una pausa corta la botella dió otra vuelta. Don Juan me entregó un pedazo de carne seca, quebradiza. Le dije que no tenía ganas de comer.
-Esto no es comer- dijo con firmeza.
El ciclo se repitió seis veces. Recuerdo que había mascado seis botones de peyote cuando la conversación se puso muy animada; aunque yo no lograba distinguir en que idioma se estaba hablando, el tema de la conversación en la que todo mundo participaba, era muy interesante, y procuré escuchar con cuidado para poder intervenir. Pero al hacer el intento de hablar me di cuenta de que no podía; las palabras se desplazaban sin objeto en mi mente.
Reclinando la espalda contra la pared, escuché lo que decían los hombres hablaban en italiano y repetían una frase sobre la estupidez de los tiburones. El tema me pareció lógico y coherente. Yo había dicho antes a Don Juan que los españoles llamaron al Río Colorado, en Arizona, "el río de los tizones", y alguien escribió o leyó mal "tizones" y el río se llamó de los "tiburones". Me hallaba seguro de que discutían esa anécdota, pero nunca se me ocurrió pensar que ninguno de ellos sabía italiano.
Tenía un deseo muy fuerte de vomitar, pero no recuerdo el acto en sí. Pregunté si alguien me traía un vaso de agua. Experimenté una sed insoportable.
Don Juan trajo una cacerola grande. La puso en el suelo junto a la pared. También trajo una lata o taza pequeña. La llenó en la cacerola y me la dió, y dijo que yo no podía beber: sólo debía refrescarme la boca.
El agua parecía extrañamente brillante, reluciente, como barniz espeso. Quise preguntarle de ellos a Don Juan y laboriosamente traté de formular mis pensamientos en inglés, pero entonces tomé conciencia de que él no sabía inglés. Experimenté un momento muy confuso y advertí el hecho de que, aun habiendo en mi mente un pensamiento muy claro no podía hablar. Quería comentar la extraña apariencia del agua, pero lo que sobrevino no fue habla; fue sentir que mis pensamientos no dichos salían de mi boca en una especie de forma líquida. Era la sensación de vomitar sin esfuerzo, sin contracciones del diafragma. Era un fluir agradable de palabras líquidas.
Bebí, y la impresión de que estaba vomitando desapareció. Para entonces todos los ruidos se habían desvanecido y hallé que me costaba trabajo enfocar las cosas. Busqué a Don Juan y al volver la cabeza, noté que mi campo de visión se había reducido a una zona circular frente a mis ojos. Esta sensación no me atemorizaba ni me inquietaba; al contrario, era una novedad: me era posible barrer literalmente el terreno enfocando un sitio y luego moviendo despacio la cabeza en cualquier dirección. Al salir al zaguán había advertido que todo estaba oscuro, excepto el brillo distante de la luces de la ciudad. Pero dentro del área circular de mi visión todo era claro. Olvidé mi interés en Don Juan y los otros hombres, y me entregué por entero a explorar el terreno con un enfoque absolutamente preciso.
Vi la junta de la pared y el piso del zaguán. Lentamente volví la cabeza a la derecha, siguiendo el muro, y vi a Don Juan sentado contra él. Moví la cabeza a la izquierda para enfocar el agua. Hallé el fondo de la cacerola; alcé ligeramente la cabeza y vi acercarse un perro negro de tamaño mediano. Lo vi venir hacia el agua. El perro empezó a beber. Alcé mi mano para apartarlo de mi agua; enfoqué en él mi visión concentrada para llevar a cabo el movimiento de empujarlo, y de pronto lo vi transparentarse. El agua era un líquido reluciente, viscoso. La vi bajar por la garganta del perro al interior de su cuerpo. La vi correr pareja a todo lo largo del animal y luego brotar por cada uno de los pelos. Vi el fluido iridiscente viajar a lo largo de cada pelo individual y proyectarse más allá de la pelambre para formar una melena larga, blanca, sedosa.
En ese momento tuve la sensación de unas convulsiones intensas, y en cosa de instantes un túnel se formó a mí alrededor, muy bajo y estrecho, duro y extrañamente frío. Parecía al tacto una pared de papel aluminio sólido. Me encontré sentado en el piso del túnel, se comprimió hasta empezar a sofocarme. Recuerdo haber tenido que reptar hacia una especie de punto redondo donde terminaba el túnel; cuando por fin llegué, si es que llegué, me había olvidado por completo del perro, de Don Juan y de mi mismo. Me hallaba exhausto. Mis ropas estaban empapadas en un líquido frío, pegajoso. Rodé en una y en otra dirección tratando de encontrar una postura en la cual descansar, una postura en la que mi corazón no golpeara tan fuerte. En una de esas vueltas vi de nuevo al perro.
Los recuerdos regresaron en el acto, y de improviso todo estuvo claro en mi mente. Me volví en busca de don Juan, pero no pude distinguí nada ni a nadie. Todo cuanto podía ver era al perro, que se volvía iridiscente; una luz intensa irradiaba de su cuerpo. Vi otra vez el flujo de agua atravesarlo, encenderlo como una hoguera. Me llegué al agua, hundí el rostro en la cacerola y bebí con él. Tenía yo las manos en el suelo frente a mí, y al beber veía el fluido correr por mis venas produciendo matices de rojo amarillo y verde. Bebí más y más. Bebí hasta hallarme todo en llamas; Resplandecía de pies a cabeza. Bebí hasta que el fluido salió de mi cuerpo a través de cada poro, y se proyectó hacia el exterior en fibras como de seda, y también yo adquirí una melena larga, lustrosa, iridiscente. Miré al perro y su melena era como la mía. Una felicidad suprema llenó mi cuerpo, y corrimos juntos hacia una especie de tibieza amarilla procedente de algún lugar indefinido. Y allí jugamos. Jugamos y forcejeamos hasta que yo supe sus deseos y él supo los míos. Nos turnábamos para manipularnos mutuamente, al estilo de una función de marionetas. Torciendo los dedos de los pies, yo podía hacerle mover las patas, y cada vez que él cabeceaba, yo sentía un impulso irresistible de saltar. Pero su mayor travesura consistía en agitar las orejas de un lado a otro para que yo, sentado, me rascara la cabeza con el pie. Aquella acción me parecía total e insoportablemente cómica. Qué toque de ironía y de gracia, qué maestría!, pensaba yo. Me poseía una euforia indescriptible. Reí hasta que casi me fue imposible respirar.
Tuve la clara sensación de no poder abrir los ojos; me encontraba mirando a través de un tanque de agua. Fue un estado largo y muy doloroso, lleno de la angustia de no poder despertar y de a la vez, estar despierto. Luego, lentamente, el inundo se aclaró y entro en foco. Mi campo de visión se hizo de nuevo muy redondo y amplio, y con ello sobrevino un acto consciente ordinario, que fue volver la vista en busca de aquel ser maravilloso. En este punto empezó la transición más difícil. La salida de mi estado normal había salido casi sin que yo me diera cuenta: estaba consciente, mis pensamientos y sentimientos eran un corolario de esa conciencia, y el paso fue suave y claro. Pero este segundo cambio, el despertar a la conciencia seria, sobria, fue genuinamente violento. Había olvidado que era un hombre!!! La tristeza de tal situación irreconciliable fue tan intensa que lloré.
Las enseñanzas de don Juan (una forma yaqui de conocimiento)
Carlos Castaneda
martes, 12 de agosto de 2008
Contigo
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Joaquin Sabina
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecínas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardin;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin tí.
No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Joaquin Sabina
viernes, 8 de agosto de 2008
jueves, 7 de agosto de 2008
V
Qué lejos de los procedimientos el amor!
La ley con os ojos vendados
haciéndose justicia por si misma!
Cuando unos forajidos armados
gritan a las puertas humildes "abran!"
y casi sin respuesta continúan
"abran o derribamos", el hombre humilde
entiende -sin tramo filosófico posible-
que de allí en mas, fuerzas extrañas a la naturaleza
lo han atrapado. ¿o acaso lo perdonen?
¿O tal vez lo investiguen? ¿O lo torturen?
¿O lo maten?
De allí en adelante pasará a ser un sujeto
que no sujeta nada, apenas un objeto a disposición,
¿investigado, olido, castigado, absuelto, liberado?
Advierte claramente que las fuerzas disponen del poder.
Que ambas proceden duramente. Ciegamente.
Súbitamente entiende que su energía
se debe concentrar en la prudencia.
Su esfuerzo consistirá en hablar de sí mismo
respondiendo sí o no, cuando ese sí le convenga
cuando ese no le sirva.
Advierte lúcidamente que no hay de qué temer
que le venden los ojos, porque ese otro objeto
que actúa en nombre de la ley evita que el
pavor de sus ojos descubra la oblicua cobardía de los suyos.
Reconozca (en el mayor de los silencios)
que el escalofrio que hace temblar las manos
que lo ciegan no quedará prendido al nudo firme.
Y reconozca
que es grande el privilegio
que ha gozado
de mirarse al espejo dignamente.
María Isabel Constela
La ley con os ojos vendados
haciéndose justicia por si misma!
Cuando unos forajidos armados
gritan a las puertas humildes "abran!"
y casi sin respuesta continúan
"abran o derribamos", el hombre humilde
entiende -sin tramo filosófico posible-
que de allí en mas, fuerzas extrañas a la naturaleza
lo han atrapado. ¿o acaso lo perdonen?
¿O tal vez lo investiguen? ¿O lo torturen?
¿O lo maten?
De allí en adelante pasará a ser un sujeto
que no sujeta nada, apenas un objeto a disposición,
¿investigado, olido, castigado, absuelto, liberado?
Advierte claramente que las fuerzas disponen del poder.
Que ambas proceden duramente. Ciegamente.
Súbitamente entiende que su energía
se debe concentrar en la prudencia.
Su esfuerzo consistirá en hablar de sí mismo
respondiendo sí o no, cuando ese sí le convenga
cuando ese no le sirva.
Advierte lúcidamente que no hay de qué temer
que le venden los ojos, porque ese otro objeto
que actúa en nombre de la ley evita que el
pavor de sus ojos descubra la oblicua cobardía de los suyos.
Reconozca (en el mayor de los silencios)
que el escalofrio que hace temblar las manos
que lo ciegan no quedará prendido al nudo firme.
Y reconozca
que es grande el privilegio
que ha gozado
de mirarse al espejo dignamente.
María Isabel Constela
sábado, 2 de agosto de 2008
jueves, 31 de julio de 2008
Genoma y ancestros comunes
El texto que sigue muestra cómo los vasos comunicantes que generaron biólogos y matemáticos que trabajan en la frontera del conocimiento, permitieron poner en evidencia (una vez más) la existencia de ancestros comunes.
Durante 2005, en una charla que manteníamos en un café de la Facultad de Exactas (UBA) con Alicia Dickenstein (matemática y una de mis mejores amigas, una persona que claramente tuvo una iniciativa muy positiva en mi vida), ella me comentó acerca e un trabajo muy interesante que involucró a biólogos y matemáticos. Más precisamente, me contó el resumen del trabajo "The Mathematics of Phylogenomics", escrito por Lior Pachter y Bernd Sturmfels, del Departamento de Matemáticas de UC Berkeley.
Desde el momento en que, en el 2003, se completó el Proyecto Genoma Humano (HGP, de acuerdo con la sigla en inglés, Human Genome Proyect), comenzó también la carrera por conocer e identificar a nuestros antepasados, y saber con quiénes compartimos ese "privilegio". El Proyecto, que duró más de trece años, permitió identificar a los (aproximadamente) entre 20.000 y 25.000 genes del genoma humano, y determinar las secuencias de los 3.000 millones de pares de bases químicas que lo componen. Es decir, es como si uno tuviera un alfabeto que consista en nada mas que 4 letras: A, T, C y G (las iniciales de Adenina, Timina, Citocina y Guanina). El ADN de una persona es algo así como una cédula de identidad. Ahí está escrita toda la información necesaria para el funcionamiento de sus células y sus órganos. En esencia, en una molécula de ADN está inscripto todo o que podemos ser, nuestras particulares aptitudes y capacidades,y algunas de las enfermedades que podemos padecer. No obstante, es la combinación de esa información con el aporte del medio ambiente lo que hace que cada uno de nosotros sea único.

Esa doble hélice es una especie de serpentina que tiene escritas dos tiras enfrentadas de largas cadenas de esas cuatro letras. Pero, además, posee una particularidad: si en una de las tiras, en un lugar hay una letra A, entonces en el lugar correspondiente de la otra tiene que haber una letra T, y si hay una C, entonces en la otra tiene que haber una G. Es decir que vienen apareadas. (De hecho, una forma de recordar esta particularidad, entre los amantes del tango, es usar las iniciales de Anibal Troilo y Carlos Gardel.)
Ahora bien, ¿a qué viene todo estoque parece más asociado a un artículo sobre biología molecular que a algo que tenga que ver con la matemática? En el artículo que mencionamos de Lior Pachter y Bernd Sturmfels, y también en el libro Algebraic Stadistics for Computational Biology (Cambridge University Press, 2005), los autores estudiaron una situación muy particular. Miren esta porción de ADN:
TTTAATTGAAAGAAGTTAATTGAATGAAAATGATCAACTAAG
Son 42 letras, en el orden en el que están escritas. Para decirlo de otra manera, sería como una palabrade 42 letras. Esta "tira" del genoma fue encontrada (después de un arduo trabajo matemático y comutacional de "alineación" de las distintas secuencias) en algún lugar del ADN de los siguientes vertebrados: hombre, chimpancé, ratón, rata, perro, pollo, rana, peces...
Si uno tirara un dado, que en lugar de tener las seis caras convencionales, tuviera sólo cuatro lados, rotulados A, T, C y G la probabilidad estimada de que esta secuencia de 42 letras apareciera en ese orden es de 1 dividido por 10 elevado a la 50 potencia. Es decir, la probabilidad de que esto haya ocurrido por azar es aproximadamente igual a 10 elevado a la -50 que es igual a 0,000000...0001. Para decirlo de otro modo el número empezaría con un cero y luego de la coma habría 49 ceros, y sólo entonces un número uno. Justamente, la rpobabilidad de que esto ocurra es tan baja que permite a los autores del artículo conjeturar que todos ellos tuvieron un antepasado o un ancestro común (probablemente hace unos quinientos millones de años), que ya poseía esa secuencia de 42 bases, que fue heredada intacta por todos los descendientes de las distintas ramas de vertebrados. Por lo tanto, si bien uno no puede hablar de certeza, la probabilidad de que el hombre tenga el mismo origen que un pollo, o un perro, o un ratón (ni hablar de un chimpancé), es altísima.
Adrián Paenza
Durante 2005, en una charla que manteníamos en un café de la Facultad de Exactas (UBA) con Alicia Dickenstein (matemática y una de mis mejores amigas, una persona que claramente tuvo una iniciativa muy positiva en mi vida), ella me comentó acerca e un trabajo muy interesante que involucró a biólogos y matemáticos. Más precisamente, me contó el resumen del trabajo "The Mathematics of Phylogenomics", escrito por Lior Pachter y Bernd Sturmfels, del Departamento de Matemáticas de UC Berkeley.
Desde el momento en que, en el 2003, se completó el Proyecto Genoma Humano (HGP, de acuerdo con la sigla en inglés, Human Genome Proyect), comenzó también la carrera por conocer e identificar a nuestros antepasados, y saber con quiénes compartimos ese "privilegio". El Proyecto, que duró más de trece años, permitió identificar a los (aproximadamente) entre 20.000 y 25.000 genes del genoma humano, y determinar las secuencias de los 3.000 millones de pares de bases químicas que lo componen. Es decir, es como si uno tuviera un alfabeto que consista en nada mas que 4 letras: A, T, C y G (las iniciales de Adenina, Timina, Citocina y Guanina). El ADN de una persona es algo así como una cédula de identidad. Ahí está escrita toda la información necesaria para el funcionamiento de sus células y sus órganos. En esencia, en una molécula de ADN está inscripto todo o que podemos ser, nuestras particulares aptitudes y capacidades,y algunas de las enfermedades que podemos padecer. No obstante, es la combinación de esa información con el aporte del medio ambiente lo que hace que cada uno de nosotros sea único.

Esa doble hélice es una especie de serpentina que tiene escritas dos tiras enfrentadas de largas cadenas de esas cuatro letras. Pero, además, posee una particularidad: si en una de las tiras, en un lugar hay una letra A, entonces en el lugar correspondiente de la otra tiene que haber una letra T, y si hay una C, entonces en la otra tiene que haber una G. Es decir que vienen apareadas. (De hecho, una forma de recordar esta particularidad, entre los amantes del tango, es usar las iniciales de Anibal Troilo y Carlos Gardel.)
Ahora bien, ¿a qué viene todo estoque parece más asociado a un artículo sobre biología molecular que a algo que tenga que ver con la matemática? En el artículo que mencionamos de Lior Pachter y Bernd Sturmfels, y también en el libro Algebraic Stadistics for Computational Biology (Cambridge University Press, 2005), los autores estudiaron una situación muy particular. Miren esta porción de ADN:
TTTAATTGAAAGAAGTTAATTGAATGAAAATGATCAACTAAG
Son 42 letras, en el orden en el que están escritas. Para decirlo de otra manera, sería como una palabrade 42 letras. Esta "tira" del genoma fue encontrada (después de un arduo trabajo matemático y comutacional de "alineación" de las distintas secuencias) en algún lugar del ADN de los siguientes vertebrados: hombre, chimpancé, ratón, rata, perro, pollo, rana, peces...
Si uno tirara un dado, que en lugar de tener las seis caras convencionales, tuviera sólo cuatro lados, rotulados A, T, C y G la probabilidad estimada de que esta secuencia de 42 letras apareciera en ese orden es de 1 dividido por 10 elevado a la 50 potencia. Es decir, la probabilidad de que esto haya ocurrido por azar es aproximadamente igual a 10 elevado a la -50 que es igual a 0,000000...0001. Para decirlo de otro modo el número empezaría con un cero y luego de la coma habría 49 ceros, y sólo entonces un número uno. Justamente, la rpobabilidad de que esto ocurra es tan baja que permite a los autores del artículo conjeturar que todos ellos tuvieron un antepasado o un ancestro común (probablemente hace unos quinientos millones de años), que ya poseía esa secuencia de 42 bases, que fue heredada intacta por todos los descendientes de las distintas ramas de vertebrados. Por lo tanto, si bien uno no puede hablar de certeza, la probabilidad de que el hombre tenga el mismo origen que un pollo, o un perro, o un ratón (ni hablar de un chimpancé), es altísima.
Adrián Paenza
domingo, 27 de julio de 2008
¿4 millones de años de evolución para llegar a esto?

El Australopithecus es el homínido más antiguo que se conoce. Australopithecus quiere decir "simio sudafricano" y se estima su antigüedad hasta en 4 millones de años.
La alimentación del hombre prehistórico dependía básicamente de la recolección de plantas, tubérculos y otros vegetales, así como de la ingestión de insectos, huevecillos de insectos y animales pequeños.
Una o más subespecies del Homo erectus evolucionaron hasta llegar al Homo sapiens, un nuevo tipo físico. Los restos más antiguos del Homo sapiens tienen una edad entre 250 mil y 50 mil años. En sentido estricto se le denomina homo sapiens neanderthalis: el hombre de Neanderthal.
Los neandertales estaban más capacitados y eran mentalmente más avanzados que ningún otro ser que hubiera habitado en la Tierra anteriormente.
El hombre de Neanderthal desapareció bruscamente, su lugar fue ocupado por los hombres modernos, hace unos 35 mil años.
Después del Neanderthal vino el Homo sapiens sapiens, que es la especie a la cual pertenecemos los seres humanos modernos. La supervivencia de la humanidad durante el Paleolítico se logró en gran medida a la vida comunitaria, el ingenio, los descubrimientos técnicos y la capacidad social que desarrolló para comunicar y guardar la memoria de su cultura.
Lo que dio al hombre moderno su control sobre la Tierra no fue su físico, sino su capacidad de aprovechar y transmitir a sus descendientes la información cultural por medio de su inteligencia.
Luego de muchos miles de años de evolución, podríamos decir que el ser humano ha avanzado mucho tecnológicamente, aunque no ha podido hacerlo al mismo ritmo, ni emocional ni espiritualmente.
No hemos podido hacer que primen en nuestra conducta los actos de bondad, de solidaridad y de amor y mucho menos erradicar males de nuestra sociedad como las guerras, la depredación de los recursos naturales, los odios étnicos o religiosos.
Llegamos posiblemente al momento menos racional de nuestra historia, al mas violento, mas injusto y con mayor diferencia entre ricos y pobres; tenemos la mayor capacidad destructiva y estamos cada vez mas sometidos a la caprichosa voluntad de grupos cada vez mas pequeños.
Sin embargo y en contraposición, tenemos también la mayor cantidad de conocimientos acumulados sobre la naturaleza, sobre biología, medicina, astronomía y todas las ramas de la ciencia. Tenemos los conocimientos necesarios para modificar desde el ADN hasta el clima del planeta entero.
Nuestra especie está en un momento de su historia en el que debe decidir si seguirá el camino de la civilización o la barbarie, el de la violencia o el amor, el de la depredación o la sustentabilidad.
Es la primera vez que debemos decidir universalmente, como especie, a nivel global. Pero es una decisión que definitivamente no podemos dejar en manos de los pocos que vienen rigiendo los caminos que ha tomado la humanidad en los últimos decenios, porque si la decisión es incorrecta, también es muy posible que sea la última.
Decidir correctamente significa Acción. Significa luchar por los derechos humanos en su acepción mas amplia. Los del pasado, los del presente y los de las generaciones futuras. Contra la deforestación y por la redistribución de la riqueza. Contra las guerras y porque haya acceso al agua potable para todos. Contra los transgénicos y los agrotóxicos y por la paz en el mundo y por la libertad de los cinco. Contra la explotación del hombre por el hombre y por el acceso a la salud, educación, vivienda y trabajo. Contra el hambre en el mundo y por el fin de la sociedad de consumo. No importa en cual frente de lucha nos encontremos, si su fin último es lograr un ambiente sano y una vida digna para todos y todas, es que estamos en el mismo camino, uno que nos garantiza la supervivencia de la humanidad.
Ricardo Natalichio
domingo, 20 de julio de 2008
El Aplastamiento de las gotas
...cementerio de gotas... El Galpón - Salta

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, y va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está rendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
Julio Cortázar

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, y va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está rendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
Julio Cortázar
jueves, 17 de julio de 2008
Y si miras atras...

Una galleta de barro es lo único que pueden llevarse a la boca cientos de personas que sobreviven en países como Haití. En este país, familias enteras tan sólo pueden permitirse comprar en el mercado estas “galletas” que cuestan tres céntimos de euro. Una taza de arroz, son 20 céntimos.
Más de mil millones de personas sobreviven con menos de un dólar al día, algunos de ellos con menos de 15 céntimos, como ocurre en Puerto Príncipe y tantos otros lugares del mundo. Sin embargo, en los países del Norte nos preocupamos por el último modelo de celular o la nueva colección de Prada.
Las desigualdades no han dejado de crecer en un mundo, donde por primera vez en la historia, existen los recursos, el conocimiento y las tecnologías para erradicar el hambre. Hoy, el 40% más pobre de la población del planeta recibe sólo el 5% del total del ingreso mundial. Pero, además, la brecha de desigualdad interior está debilitando el vínculo entre el crecimiento económico y la reducción de la pobreza. El PNUD señala que el 10% más pobre de los brasileños es más pobre que sus contrapartes de Vietnam, un país con un nivel de ingreso menor. Estas desigualdades internas, también, se están dejando notar en los países ricos. En EEUU, el país más rico del mundo, estaban creciendo los niveles de pobreza y son 37 millones los estadounidenses que viven bajo el umbral de la pobreza, según el censo de 2004.
La pobreza no es un estado para llegar al bienestar. La pobreza existe porque hay otros que derrochan los recursos, que son de todos. Basta la cuestión del agua, como ejemplo. Hoy se pueden destinar más de 43.000 kilómetros cúbicos al consumo de agua, sin embargo, tan sólo se consumen 6.000 kilómetros cúbicos. Y el 60% de esa agua potable lo consumen nueve, privilegiados, países.
El cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio se convierten, hoy más que nunca, en un must. Más de 25.000 personas mueren cada día por causas relacionadas con la desnutrición, 1.200 millones de personas no tienen acceso al agua potable, 800 millones de niños y niñas no acuden a la escuela, 10 millones de niños murieron en 2006 por enfermedades para las que existen tratamientos… Cifras que no pueden dejarnos indiferentes, porque se trata de personas.
Nadie elige dónde quiere nacer. Sin embargo, esa “lotería” es lo que marca cómo va a ser su vida. Si el niño que nace lo hace en el club de los privilegiados, es posible que estudie en la Universidad, acuda de manera regular al médico y no se preocupará por lo que tiene de cena, es más, podrá elegir e, incluso, preocuparse por “tener buena línea”. Sin embargo, si por casualidad al niño le toca nacer en el mundo empobrecido, ese niño tendrá “suerte” si consigue sobrevivir y llegar a ser adulto.
Un comercio internacional más justo, una auténtica ayuda al desarrollo, mejora en la calidad de la educación y la sanidad, el fin de los paraísos fiscales y el control de la explosión demográfica, son elementos fundamentales para hacer de este un mundo más justo. La sociedad civil organizada no puede esconderse más. Ha llegado el tiempo de la acción y la exigencia para que organismos internacionales y gobiernos pongan en marcha las medidas para acabar con el hambre en el mundo.
La alimentación debería ser considerada un derecho fundamental de la persona. Nadie debería alimentarse de galletas de barro, que se elaboran con la tierra acumulada en los suburbios de las ciudades, en los basureros… donde los parásitos y los tóxicos las convierten en auténtico veneno. Pero, cuando el mercado cierra, todavía los más parias de este mundo acuden para tomar los pedazos de “galletas” que se han roto.
Como finaliza la fábula, “y si miras atrás, siempre hay alguien que recogerá tus migas”.
Ana Muñoz
martes, 15 de julio de 2008
Carta de despedida del Che a sus hijos

A mis hijos
Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:
Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds.
Casi no se acordarán de mi y los más chiquitos no recordarán nada.
Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.
Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.
Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de
Papá
martes, 8 de julio de 2008
En los brazos del sol - La Renga
La Pampa - Argentina

Padre de la Luz, de la luz primera,
y por eso rey de toda luz.
Alma visible del dios que ciega
Y abraza las llamas de su propia cruz.
En esta nuestra justa distancia
Si me acerco me querrás quemar
En esta nuestra justa distancia,
si me alejo me dejarás helar.
Ojo de fuego de toda esta mente
Acá me seco con tu rayo hoy,
Cuando llegue el fin aún será de día
Pobre quien no sude tu calor.
En esta nuestra justa distancia
Si me acerco me querrás quemar
En esta nuestra justa distancia,
si me alejo me dejarás helar.

Padre de la Luz, de la luz primera,
y por eso rey de toda luz.
Alma visible del dios que ciega
Y abraza las llamas de su propia cruz.
En esta nuestra justa distancia
Si me acerco me querrás quemar
En esta nuestra justa distancia,
si me alejo me dejarás helar.
Ojo de fuego de toda esta mente
Acá me seco con tu rayo hoy,
Cuando llegue el fin aún será de día
Pobre quien no sude tu calor.
En esta nuestra justa distancia
Si me acerco me querrás quemar
En esta nuestra justa distancia,
si me alejo me dejarás helar.
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